
BOINA NEGRA-
Eran noches de Ave Porco, la disco de moda de los 90. Quedaba en plena calle corrientes y era cita obligada de toda la modernidad, mariconerio y curiosos del momento. Ahí se reunían todos. Vampiros, drogones, travestones, drags, borrachos, filósofos pedorros y lo que uno quisiera encontrar. Noches de locura desenfrenada. De estar horas con mi prima en un pequeño departamento de Pacheco de Melo y Pueyrredón emocionadas con los preparativos para el mejor día de la semana. Jueves. Bendito jueves. Amado jueves. Caja de sorpresas. Nos producimos emocionadas, indecisas y nerviosas, hasta que el último detalle quedaba impecable (aunque una sabe que al cruzar la puerta de calle, tu interior te dice que algo tendría que ser cambiado) pero los pies ansiosos decidían no esperar más y agarrar la calle.
Esa noche llegamos raramente temprano, estábamos casi solas y a esa hora la disco me encantaba. Era una noche donde no tenía fuegos artificiales en la cabeza, estaba extrañamente relajada, me pedí un trago, y no pude evitar moverme escuchando la música de Aldo Haydar. De a poco empezaba a florecer sobre la pista la colorida flora y atravesaba la puerta la variada fauna. Yo volaba con Haydar, con esa primera parte inicial de música más lounge. Sentía que iba a ser una noche especial, mi piel me lo decía, aunque nunca había logrado enseñarle a hablar.
Tomé un trago, levanté la cabeza y entre casi nada de gente, sentí una mirada. El trago me pareció más dulce, mucho más rico, como si hubiera estado batido por el mejor barman de Buenos Aires. Con su porrón de cerveza en la mano se fue acercando, y lo que más me gustó y me llamó la atención fue su hermosa BOINA NEGRA de paño negro torcida hacia un costado. Me puse nerviosa, mi cuerpo estaba cubierto de piel de gallina y quedé muda esperando que me dijera algo. Se acercó me dio un beso en la mejilla rozándome la comisura de mis labios
-como andás?- me preguntó con voz tierna de macho.
Se sentó en una parecita alta y yo quedé parada al lado. Charlamos, nos reímos, mi cuerpo se iba llenando de energía como si en el estómago se estuvieran lanzando, ahora sí, los mejores fuegos artificiales del mejor fin de año. En pocos minutos la gente estaba desatada por todos los rincones y la música hacía vibrar el lugar como una coctelera. Se acercó, me preguntó que tomaba, me agarró la cara y me dio un beso dulce en la boca, de esos besos que quedan para siempre nadando en su propia humedad en el sabor de la memoria. Me miró con unos ojos castaños claros de mirada sincera, me sonrió, me acarició la cara y me dijo naturalmente como si nos conociéramos de años
-querés que vayamos?
que vayamos? me pregunté atontada y sorprendida. Era 1.90 de hermoso macho, de macho que no necesita demostrar nada para que quede claro. Sereno. Directo. Tranquilo. Natural , como con las riendas de su vida bien agarradas entre sus manos. Sin dudas sabía el camino, y esa noche me había elegido para acompañarlo
-vamos- dije sin pensarlo
me agarró decidido como si le perteneciera con su mano grande y suave y atravesamos la disco plagada de modernos como si no hubiera nadie a nuestros costados. Salimos a la calle, el aire me golpeó la cara y ahí me di cuenta que lo que me estaba pasando no era un sueño.
Caminamos unos metros por Avda Corrientes y en un momento se paró frente a la puerta de un auto impecable de los años cincuenta grande, largo y color natural como de spot publicitario. abrió la puerta, los tapizados negros brillaron. Yo a esa altura ya estaba estupidizada, se subió con su campera de gamuza marrón gastada, se sentó, me abrió la puerta y subí. Arrancamos no se adonde, y a ciencia cierta poco me importaba el destino.
Con una mano manejaba, con la otra se terminaba su porrón de cerveza, yo no me atrevía ni a mirarlo y me terminé mi trago en vaso de plástico. Se terminó el porrón, se terminó el trago, hacía un cambio, me miraba, me sonreía, me acariciaba suavemente la pierna… silencioso, tranquilo, relajado, me daba la paz que yo siempre locamente andaba buscando.
-vivís sola? donde vamos?
Mi prima no volvía a casa, los jueves tenía su hueso asegurado y yo desee con ansias que estuviera pelándolo.
-si… vivo sola… Pacheco De Melo y Pueyrredón… vamos?
Agarró por Larrea, iba manejando como si nada por el medio de la calle, me sentía Lady Godiva sobre su caballo blanco. Raramente no había autos, era como si una bocanada de viento fuerte hubiera soplado y todo hubiera volado a otra dimensión para dejarnos solos disfrutando. Paró el auto como venía, se bajó, dejó la puerta abierta y volvió con cigarrillos y unos porrones de cerveza, se asomó a mi ventanilla, me besó con otro mágico beso en la boca y se metió en el auto. Arrancó y llegamos. Entramos, subimos al ascensor, bajamos y abrí la puerta de entrada. Mi corazón latía ansioso y expectante y yo era un erizo de mar con las púas de la piel en alto. Lo vi llevar las cervezas a la heladera como si conociera la casa o ya hubiera estado, me senté en el sillón como una tonta a punto de ser desvirgada. Cuando volvió de la cocina se iba sacando la campera de cowboy que tan bien le quedaba y antes de sacarse la remera, se sacó su BOINA NEGRA. Quedé tonta. Un pelo ondulado castaño claro se le cayó por debajo de los hombros. La boca carnosa, y esos ojos castaños que no mentían (o al menos eso creía). Se sacó la remera, charlamos un rato… abdomen chato cuerpo perfecto, largo, delgado, un Jesús moderno, un hermoso galán de barrio. Se sentó al lado mío, y como si tuviera sabidos de memoria los planos de mi cuerpo empezó a besarme y acariciarme por todos lados.
-sacáte todo…
Nos empezamos a desnudar despacio y a recorrernos cada centímetro con las manos. No me dejaba la boca libre y yo muerta esperando que algo pasara para que esa noche fuera una noche larga como lo que mi vida durara.
Era perfecto, no le faltaba nada, haciéndome olvidar de algo que siempre afirmaba “todos los hombres pierden aire por algún lado”.
Esa noche no había ni entrada ni primer plato pensaba disfrutar del postre, del más cremoso helado, pero sin cucharita, con mi húmeda lengua, haciéndolo derretir dentro de mi tibia boca despacio… despacio.
Sacó porro y sedas de algún lado, armó algo parecido a un gran habano cubano, lo encendió, le dio una profunda seca, me lo pasó y lo dejó en el cenicero apoyado. El porro humeaba. Le dije que se le iba a consumir solo. Me abrazó, me comió la boca después de adobarme con su rica saliva y su tibio aliento a porro, birra y cigarro la cara.
-dejálo
Miró el equipo de música
-puedo poner algo?
Asentí con la cabeza. Buscó un cassette y lo puso. No eran épocas de cassette, pero era el, y el era sorprendentemente mágico. Empezó a sonar la voz de un tipo , envolvente, rasposamente dulce, como si me estuviera cantando al oído a ritmo de jazz, sensual y despacio. Quedé tan enamorada de esa voz como de mi nuevo cowboy, pero la voz estaba encerrada en un cassette y a mi cowboy lo tenía al lado.
Me agarró de la mano y me llevó a la habitación, me temblaban las piernas. La cama se convirtió en el paraíso terrenal, en un nido cálido, quería tenerlo adentro mío hasta desintegrarme con el sabor de su piel, sabrosa y salada como un mar embravecido durante una tormenta en el atardecer de un verano. Entre el porro, la cerveza, los susurros, las caricias, los hermosos besos laaargos, esa voz en el equipo no dejaba de sonar envolviéndolo todo como si fuera la mejor canción de cuna que hubiera escuchado en mi vida entera. La noche bostezaba y empezaba a asomarse tímidamente el día. Y nosotros, revueltos en las sábanas nos quedamos profundamente dormidos abrazados entre el olor a sexo y saliva.
Abrí mis ojos, aunque me costaba despegarlos, al lado mío de pie, el, vestido y listo para agarrar la calle
-me tengo que ir… se me hizo re tarde… me quedé re dormido…
Me levanté entre dormida y me envolví en la sábana con su olor impregnado.
-si… te abro.
Le anoté mi teléfono rápidamente, aunque no me lo pidió. Fuimos hasta la puerta, me agarró la cara, me besó en la boca y se fue mágicamente como había venido. Quedé quieta, quieta, quietísima mirando el suelo intentando despegar mis ojos del ensueño vivido. Me tiré al sillón, le puse play al cassette de la voz desconocida que se había olvidado en el equipo mi cowboy y de la que también me había enamorado, para soñar que me cantaba susurrándome lento al oído. Quedé con el sabor de sus besos rondando en mi boca , sin saber si esos momentos de incertidumbre que me apretaban fuerte el pecho eran de un principio o un final o solo una suave brisa fresca o un regalito de la vida… o quizás tan solo un sueño. Me recosté, necesitaba dormir más para no pensar, me acomodé en el sillón y noté que algo me molestaba en la espalda, lo saqué para ver que era y un TUN TUN de corazón me sacudió. Era su BOINA NEGRA. La olí, la abracé, la besé y me dormí como si él no se hubiera ido nunca de al lado. Abrazada fuerte a ese paño negro impregnado con el olor de su pelo ondulado.
Soñé, pensé… Sí que importaba el después, sí que quería otra vez, sí que quería tener el control de la vida para rebobinar las veces que se me antojara el corazón ese momento y pasarlo y detenerlo y volver a poner play y enloquecer. Sí que quería más de sus besos, más de su piel, más de sus caricias, de mis mareos envuelta en sus nubes de porro humeando como incienso.
Estuve todo el día con su BOINA NEGRA puesta y el cassete que iba y venía con esa voz rasposa y envolvente que me hacía tiritar hasta los huesos.
A la tardecita sonó el teléfono, el TUN TUN de mi corazón esta vez resonó mas intenso. Atendí el teléfono… ¡no podía creerlo! estaba ahí del otro lado, al rato prácticamente de haberse ido. Temblé como una hoja seca con los primeros soplidos de los vientos de invierno, desprendiéndome de la rama y cayendo al suelo.
-cómo andás? Quería decirte antes que nada que ayer la pasé bárbaro, que me encantó, pero que son cosas que hago cuando me pinta… de vez en cuando, yo tengo novia, me gustan las chicas. No quiero engañarte y que pienses cualquier cosa, no soy así, prefiero aclararlo y serte sincero antes que pienses cualquier cosa.
El nudo marinero que se me formó en la garganta me cortó el aire, la voz mágica del cassette seguía sonando.
-está todo bien no tenés que aclarar nada… todo bárbaro.
-si… ya sé, pero lo que pasa que me olvidé en tu casa algo que es un regalo que quiero mucho que tengo hace años y quiero recuperarlo.
Me quedé pensando, recorrí con la mirada el salón del departamento buscando algo que pudiera haber dejado olvidado hasta que en el espejo de una vitrina me vi descansando como un adormecido gato sobre mi cabeza aquella BOINA NEGRA que le quedaba tan bien y me gustaba tanto.
-una… BOINA NEGRA?
Me la saqué al instante con una fuerza como para despegarme el cuero cabelludo con ella y quedar pelada
-si si... está acá, cuando quieras podés pasar a buscarla.
-dale gracias, si estás paso ya…
-estoy… pasá ya.
El timbre sonó y no pude dejar de sentir un latigazo de electricidad que me recorrió desde los tobillos hasta la punta de los cesos. Abrí la puerta y ahí lo ví igual y distinto a la noche anterior. Me besó en la mejilla, esta vez, lejos de la comisura de mis labios. Fue simpático, agradable y natural. Le dí su amada BOINA NEGRA, una sonrisa que no pudo contener se le dibujó en los labios y me agradeció con otro beso en la mejilla. Me acordé del cassette que había dejado de sonar
-ah… también te olvidaste un cassette, que me encanta, me encanta, me encanta…
- quedátelo, te lo regalo, te lo dejo.
Se fue con su boina puesta contento como un chico, cerré la puerta, fuí hasta el equipo de música, puse la voz, que aunque no supiera quien era me acariciaba con su jazz el corazón desolado. Después de todo, algo me había quedado, esa voz encerrada en el viejo cassette, los recuerdos, el olor de su piel, sus besos y el recuerdo de su en mis sábanas de su tibio y transpirado cuarpo. Me puse a bailar frente al espejo de la vitrina como si estuviera loca y me sentí bien, porque cada vez que hiciera sonar esa música, estaba segura que mi cowboy de BOINA NEGRA… iba a estar de alguna forma a mi lado, recorriéndome con sus sabrosos besos .
NATY MENSTRUAL
ENERO 2009
ANEXO-
DESPUÉS DE TODO: Al otro día de haber pasado semejante noche me volví loca yendo con el cassette para todos lados, buscando poder conseguirlo en cd, llevándolo a disquerías específicas a que me dijeran quien era la voz misteriosa que me había enamorado, el cassette era regrabado y en su etiqueta adhesiva figuraba el titulo de un disco de Divididos. Me dijeron que era TOM WAITS. Una vez sabido esto, quería conseguirlo sea como sea. Recorrí varias disquerías y específicamente ese disco nunca lo tenían. NUNCA LO TENÍAN. Así fuí comprando otros discos de TOM WAITS del que terminé fanatizada y más enamorada que en el primer momento de escucharlo susurrando lento. NADIE LO TENIA. Era un boicot. El mundo estaba en contra mío, y aunque siempre me acordaba de mi cowboy, las emociones se diluyen y me fui olvidando, eso también es cierto. De Tom Waits no, de aquel hermoso macho por supuesto. Yo ese año que conocí a mi cowboy había vuelto de España de vivir en pareja 3 años y medio. Pasaron dos años después del divorcio y mi ex todavía algo enamorado me mandó el pasaje para que vaya a visitarlo en el verano. Ni lenta ni perezosa dije: ALLÁ VAMOS.
Estando en Badajoz, en la región de Extremadura, en el culo de España donde mi ex vivía, un día nos fuimos al supermercado. Mientras Gustavo compraba las cosas que le hacían falta yo boludeaba y me fui derecho a la batea de las ofertas de discos que realmente cuando liquidan te los venden súper baratos. Nada especial. Nada que me llamara verdaderamente la atención, hasta que en un momento divisé un disco de Tom Waits que no tenía, sea como sea me iba a gustar, de todos modos eso estaba asegurado y además costaba nada. Salimos del súper y fuimos a la casa. Llegué y ansiosa con mi flamante compra barata, fui hasta el equipo último modelo con un sonido que podía hacer reventar la casa y puse a Tom Waits a un volumen para rajar los muebles y que no quedara nada. Ante mi sorpresa, empezó a sonar aquella música que me había enamorado y había buscado tantas veces sin lograr encontrarla. No podía creerlo, me quedé atontada. El disco se llamaba THE HEART OF SATURDAY NIGHT, aunque aquella mágica noche que me había echo explotar el corazón fuera de viernes y no de sábado. Gustavo preguntó quién mierda cantaba, esa música lo aburría y no le gustaba para nada. Lo miré sonriendo
-TOM WAITS
Y me tiré al sillón, a mirar el techo, como si fuera un profundo cielo azul, cerré los ojos, abrí por segunda vez en mi vida, la puerta de aquel hermoso auto color natural de los cincuenta, me subí al lado de mi cowboy y arrancamos al fin del mundo sin preguntarle nada… y sin dar vueltas…
NATY MENSTRUAL
ENERO 2009